“Mi abusador ni siquiera llegó a testificar ante el juez y está en libertad”

01/12/2017
  • La artista Sara Berga padeció abusos de los 12 a los 19 años, pero cuando reunió el valor para denunciar su caso se archivó porque los hechos habían prescrito
  • Explica su caso para ayudar a otras víctimas y presionar para cambiar la ley

 

Decepcionada y exhausta, pero a la vez esperanzada ante la opción de poder aportar su granito de arena a la visibilidad de esta lacra silenciada. La artista multidisciplinar Sara Berga, afincada en Tarragona, relata que padeció abusos sexuales en el hogar de los 12 a los 19 años, pero hasta hace un año y medio no recopiló las fuerzas necesarias para denunciar formalmente al abusador, su padrastro. A principios de este enero el abogado de Sara le comunicó que el Juzgado de Instrucción número 7 de Barcelona había decidido archivar su caso, dado que los hechos han prescrito según la normativa vigente en el momento que transcurrieron hace 18 años. El denunciado está libre y, según ha podido saber, vive fuera del país. Después de más de un año de lucha legal, Berga quiere dar a conocer su caso para ayudar a otras víctimas y presionar para que cambie la ley.

¿Ha obtenido alguna sentencia a su denuncia?

Hace unos días, el juez que llevaba mi caso envió un correo electrónico a mi abogado en el que nos comunicaba que, de alguna manera, nos daba la razón en los hechos que exponía pero que los abusos en el hogar denunciados habían prescrito y que no se podía seguir adelante con el caso.

No todas las agresiones sexuales prescriben.

Si el caso se hubiera dado hoy en día, no habrían prescrito. Pero, según la normativa que regía en el Código Penal en el momento del delito, sí. Yo tenía entendido que, dada la gravedad de los hechos que exponía, había un margen de 15 años para presentar la denuncia. Sin embargo el caso se acoge a la normativa vigente de 1999, el año en el que finalizaron los hechos y, por tanto, se rige por las leyes de este momento, que marcan diez años de prescripción de los hechos. Por tanto, mi caso se ha archivado.

Este resultado le habrá supuesto una decepción…

Es frustrante que no prospere, la verdad. La Ley es así, es cierto, pero me resultan chocantes las formas: que sepa la resolución de un tema que es tan importante para mí a través de un simple correo electrónico. Y pensar que la persona a la que denuncié no ha llegado ni tan siquiera a declarar y que, seguramente, no sepa nunca que le he denunciado. Ya sabemos que los ciudadanos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario, como se dice, pero considero que hechos tan complicados de asumir y de denunciar deberían tener un margen más amplio antes de prescribir.

¿Los hechos que denunció ocurrieron durante su adolescencia?

Ahora tengo 32 años. Los hechos empezaron cuando tenía 12 años y acabaron a los 19, en 1999. Mi abusador vivía en mi núcleo familiar y era mi padrastro, una persona que, según he podido investigar a través de Internet, hoy día vive fuera del país y tiene una nueva familia.

Me cuesta preguntarle cómo era su vida durante aquellos años.

Entonces vivíamos en Barcelona y nunca conté nada a nadie. Los primeros años fueron muy extraños, es difícil de entender desde fuera. Él era un manipulador psicológico muy bueno y me hacía creer que aquello era una manera de expresar cómo me quería. Yo sabía que había algo, que en el fondo no estaba bien, pero nunca lo verbalicé. Durante los últimos años, mi vida se reducía a estudiar y ayudarle en su taller de restauración de muebles, sin salir nunca con mis amigas porque él no me dejaba. Su manera de castigarme era ignorarme hasta que le pedía perdón, nunca con violencia, y cuando estábamos solos había el abuso. Al principio no lo entendía y después me evadía como podía de lo que pasaba. Hasta que dije basta.

¿Qué ocurrió entonces?

Yo pensaba que una vez cumplidos los 18 años todo cambiaría, pero no fue así. Cuando finalicé mis estudios universitarios, quise salir con mis compañeros a celebrarlo sí o sí. Dentro de mí ya sabía que esta decisión lo cambiaría todo y seguí adelante. No pedí permiso para salir y esta discusión provocó su separación de mi madre, que entonces no tenía trabajo. Yo me sentía responsable de seguir con todo para que ella, que no sabía nada, no lo pasara mal.

¿En qué momento se lo contó a su madre?

Fue muy duro. Se lo conté hace cuatro años y se desesperó. Y hoy en día sigue con el sentimiento de culpabilidad. Pero antes de hablar con ella fui a ver a mi abusador -hacía mucho tiempo que no le veía- para decirle a la cara todo lo que me había hecho. Su reacción fue negar los hechos con aparente tranquilidad, pero se marchó del país. He podido comprobar a través de Internet que sigue activo en las redes sociales.

¿Qué ha supuesto hacer públicos estos hechos?

Hasta hace cuatro años solo lo sabían mi expareja y mi pareja actual, casi nunca lo había verbalizado. Hasta que me di cuenta de que los abusos han afectado a muchas de las partes de mi vida. En el momento piensas que estás bien y que no te afecta, pero después ves que tienes una personalidad y un modo de actuar que te impiden tener confianza en ti misma y que afectan a todas las áreas de tu vida. Es como ir con un velo en la cara y quitártelo.

¿Fue este cambio de chip lo que la motivó a denunciar?

Primero llegó la necesidad de expresarme a través del arte, que es mi vehículo. Pero luego pensé que cada víctima tiene el derecho moral de denunciar a su abusador para que estos hechos no vuelvan a suceder. Por este motivo empecé el proceso el 23 de octubre de 2015. Fui a la comisaria de Tarragona y estuve más de tres horas con la declaración. Me preguntaron cosas que nunca antes había puesto en palabras.

¿Cómo fue el proceso burocrático?

Muy lento y frustrante. De hecho, en Tarragona me dijeron que me esperase a que me contestaran. Esperé dos meses y en enero pregunté y me comunicaron que mi caso se había trasladado a Barcelona. En marzo fui a Barcelona a preguntar y me contaron que me pedirían repetir mi declaración delante del juez. Y ya nunca llegué a hacer esta segunda declaración: me comunicaron que mi caso había sido cerrado porque no encontraban a mi abusador, cuando podían encontrarse datos de él en Internet sin grandes conocimientos.

 

¿Qué ocurrió entonces?

El caso se cerró en enero de 2016 y nadie me lo había comunicado. En este momento decidí pedir un abogado de oficio para presentar la documentación necesaria para reabrir el caso. En un primer momento no me concedieron a un letrado porque me atribuían unas propiedades que nunca tuve y el informe inicial fue desfavorable. Se equivocaron. Reclamé este informe y conseguí el abogado después de la reformulación, un proceso de revisión de datos que se alargó del 23 de abril hasta el 15 de octubre de 2016. El caso estuvo parado hasta entonces: no logré un abogado de oficio hasta un año más tarde de presentar la denuncia. En este momento presentamos un informe psicológico, la información que tenemos del abusador a través de Internet y la siguiente notificación que tenemos es que el caso ya ha prescrito.

Así pues, no se puede hacer nada para reabrir su caso.

Ahora ya nada. Simplemente contar lo que pasó e intentar ayudar con mi experiencia para que no se vuelva a repetir esta historia.

¿Cómo ha vehiculado su situación a través del arte?

Hace unos años empecé un proyecto llamado ‘Home Hard Sweet Home, una muestra que evidencia, a través de imágenes creadas con punto de cruz, algunas de las frases que los abusadores dicen a sus víctimas. Escogí esta técnica del punto de cruz porque es una labor muy casera, que se encuentra en muchos hogares, una técnica que se aleja de imágenes escabrosas pero que, precisamente por eso, tenía esta capacidad de impresionar. También me dí cuenta de que el mío es un caso entre muchos y contacté con otras personas que habían pasado por circunstancias parecidas e introduje algunas de sus experiencias. El proyecto sigue vivo y, partiendo de este punto, he hecho algunas instalaciones y performances.

También ha participado en debates sobre abusos.

Sí. Me gustaría participar en más actividades de este tipo en el futuro. Quiero formarme en temas de educación sexual. Y también voy a reunirme, dentro de algunas semanas, con diputados del Parlament que tratan temas como el de los Maristes de Barcelona y quieren que se modifique la ley para que no prescriban los hechos en temas de abusos.

¿Cree que los abusadores se pueden redimir de sus actos?

Creo que es importante que las personas que cometen un delito puedan tener la oportunidad reformarse, pero también que la sociedad no da las herramientas para hacerlo. Se debe hablar y exponer para que se destinen psicólogos a ayudar a los pedófilos. Ahora mismo solo espero que mi caso sea uno más de los que se expongan para cambiar la ley y que, al menos, esta experiencia sirva para algo.

Voy a reunirme con diputados del Parlament que quieren que se modifique la ley

 

 

 

Font i Foto: La Vanguardia